Mucho antes de convertirse en una de las grandes figuras de la historia de los Portland Trail Blazers, Damian Lillard tuvo que convivir con algo mucho menos glamoroso: ser suplente, recibir críticas y escuchar de un entrenador que posiblemente ni siquiera tendría un lugar en el equipo la temporada siguiente.

El propio Lillard recordó recientemente aquella experiencia de sus años de secundaria y la manera en que una conversación que pudo haber resultado devastadora terminó convirtiéndose en parte de una historia de superación.

Durante su segundo año en St. Joseph Notre Dame High School, en Alameda, California, Lillard pasó prácticamente toda la temporada en el banco. Según relató el propio jugador, su entrenador se sentó con él para hablar sobre las diminutas posibilidades que tiene un jugador de secundaria de alcanzar algún día la NBA.

La conversación terminó con una pregunta directa: ¿realmente creía que él sería uno de esos pocos jugadores capaces de llegar?

Lillard respondió que sí.

La reacción del entrenador fue una sonrisa acompañada de una carcajada directamente frente a él.

“Estuve en el banco toda esa temporada y me dijo que probablemente no estaría en el equipo al año siguiente. Le dije que sí [que pensaba que llegaría] y él sonrió y se rio en mi cara”, recordó Lillard.

Y añadió una frase que resume perfectamente la perspectiva que adquirió con el paso de los años: “Nunca se sabe”.

El camino comenzó lejos del protagonismo

La historia resulta especialmente llamativa porque Lillard no recibió en aquel momento las señales que normalmente acompañan a un futuro jugador de élite.

No era la gran estrella de su instituto. Tampoco tenía asegurado siquiera continuar en el equipo.

En lugar de aceptar aquella evaluación como definitiva, Lillard tomó otra decisión. Se trasladó a Oakland High School, donde consiguió convertirse en un jugador suficientemente destacado como para obtener una beca universitaria.

Su siguiente parada fue Weber State, institución en la que continuó desarrollando su juego y comenzó a llamar mucho más la atención de los evaluadores profesionales.

El cambio fue radical.

Aquel jugador que había sido suplente y al que habían puesto en duda terminó convirtiéndose en la sexta selección del Draft de la NBA de 2012, elegida por Portland.

De posible descartado a estrella de los Trail Blazers

La carrera posterior de Lillard convirtió aquella vieja conversación de secundaria en una anécdota difícil de olvidar.

El base se transformó en el rostro de los Trail Blazers y en uno de los anotadores más productivos de su generación. Llegó a ser ocho veces All-Star, ganó el premio al Novato del Año y fue seleccionado para el Primer Equipo All-NBA.

También formó parte del Equipo del 75.º Aniversario de la NBA, reconocimiento reservado a un grupo selecto de los jugadores más importantes en la historia de la competición.

Pero entre todas sus actuaciones hay una que representa particularmente bien la dimensión que alcanzó su carrera.

El 26 de febrero de 2023, Lillard anotó 71 puntos contra los Houston Rockets en una victoria de Portland por 131-114. Terminó aquel encuentro con 22 canastas en 38 intentos, incluidos 13 triples, además de convertir 14 tiros libres.

Aquella actuación estableció un récord de franquicia para los Trail Blazers y confirmó nuevamente el extraordinario nivel anotador que había desarrollado.

La lección detrás de la historia

Más allá de la anécdota, el recuerdo de Lillard plantea una cuestión importante sobre el desarrollo de los deportistas jóvenes.

Una evaluación temprana puede describir correctamente lo que un jugador es en determinado momento, pero no necesariamente aquello en lo que puede convertirse.

Lillard no estaba listo para dominar el baloncesto durante aquel segundo año de secundaria. Eso parece evidente por su propia descripción. Lo importante fue que su situación en ese momento no terminó definiendo su techo.

Cambió de escuela, consiguió una oportunidad universitaria y siguió trabajando hasta convertir una posibilidad remota en una carrera profesional de primer nivel.

Su historia tampoco significa que todos los jugadores que reciben críticas terminarán en la NBA. Las probabilidades siguen siendo extremadamente reducidas. Lo que demuestra es algo diferente: una posición en el banco, una evaluación negativa o incluso una predicción equivocada de un entrenador no tienen por qué convertirse en una sentencia permanente.

Años después, aquel adolescente al que le dijeron que posiblemente no tendría sitio en su propio equipo terminó siendo una estrella de la NBA.

Y aquella carcajada que alguna vez pudo haber dolido terminó formando parte de una de las historias más particulares de su trayectoria.