El escolta de Cleveland firmó una actuación épica con 48 puntos, pero errores clave en el último minuto permitieron la remontada de Indiana. Los Cavs, ahora en desventaja 0-2, enfrentan una encrucijada que podría definir su temporada.

La noche en que todo se derrumbó para los Cavaliers, pese al genio de Mitchell

Durante 47 minutos, los Cleveland Cavaliers jugaron como el equipo que lideró la Conferencia Este. Imponiendo ritmo, ejecutando con solidez y mostrando carácter a pesar de las ausencias de figuras clave como Darius Garland, Evan Mobley y De’Andre Hunter, los Cavs dominaron a unos Indiana Pacers explosivos y peligrosos. Todo parecía encaminado hacia el empate en la serie. Pero el baloncesto no perdona lapsos, y los últimos 60 segundos fueron un resumen cruel de cómo un equipo puede perder el control… y quizás el rumbo de una temporada.

El autor intelectual de la gesta que no fue se llama Donovan Mitchell. El escolta se sobrepuso a una molestia en la pantorrilla y se transformó en una fuerza imparable: 48 puntos, 9 asistencias, 5 rebotes y 4 robos. Su actuación fue una obra de arte de intensidad, talento y liderazgo. Penetró, lanzó, asistió y defendió. Fue omnipresente. Pero ni siquiera una noche casi perfecta bastó para evitar el desastre.

Una debacle en cámara lenta

Cleveland lideraba 119-112 con 57 segundos por jugar. En una situación normal, eso sería sentencia. Pero la presión, el cansancio y los errores no forzados se combinaron para lo impensable. Un rebote ofensivo tras un tiro libre fallado, un pase interceptado, un foul polémico… y finalmente, la daga: Tyrese Haliburton, silenciado toda la noche y abucheado por el público, anotó un triple en retirada con 1.1 segundos en el reloj para sellar la remontada 120-119.

La imagen de Mitchell mirando la pizarra en silencio, incrédulo, resume la impotencia de una hazaña incompleta. El base estelar sabía que había dado todo. El problema es que el todo no fue suficiente.

Un esfuerzo colectivo que se diluyó al final

El mérito no fue exclusivo de Mitchell. Max Strus tuvo su mejor partido de playoffs con 23 puntos y 8 rebotes. Jarrett Allen sumó un doble-doble con 22 y 12. Incluso con un quinteto remendado, Cleveland construyó una ventaja de 20 puntos en el tercer cuarto. Todo funcionaba… hasta que dejó de funcionar.

La defensa, hasta entonces impecable, se desdibujó. La ejecución ofensiva se tornó errática. Y los Pacers, liderados por un Haliburton que despertó justo a tiempo, olieron la sangre y no perdonaron.

“Jugamos mejor que ellos la mayor parte del tiempo”, dijo el entrenador Kenny Atkinson. “Pero no pudimos cerrar. Es un golpe durísimo”.

Indiana, oportunista y letal

Lo que no se puede negar es la frialdad con la que los Pacers afrontaron la recta final. Haliburton anotó 11 puntos en el último cuarto, incluido ese triple que ya es parte del archivo de los playoffs. Indiana, con la soltura de quien no carga con el peso de las expectativas, supo capitalizar cada error rival. “Parpadeamos un segundo y fue suficiente”, admitió Jarrett Allen.

¿Y ahora qué?

Los Cavs viajan a Indianápolis en un 0-2 preocupante. Con tres piezas clave lesionadas y el ánimo golpeado, el margen de error es casi inexistente. El Game 3 se convierte en un todo o nada.

Mitchell lo sabe: “Podemos quedarnos aquí lamentándonos y estar en casa en cuatro o cinco días, o podemos tomar lo bueno que hicimos y pelear por dos victorias allá”.

Es cierto que en el deporte nada está escrito. Pero si algo quedó claro es que un partido no se gana en 47 minutos. Se gana en 48. Y ese último minuto, para Cleveland, podría ser recordado como el instante que sepultó una temporada que apuntaba a la gloria.

Un esfuerzo heroico sin recompensa

En la historia de los playoffs, hay derrotas que enseñan más que algunas victorias. La de Cleveland en este segundo juego entra en esa categoría. El corazón no bastó. La entrega no fue suficiente. Y ahora, la pregunta es una sola: ¿tienen algo más para dar… o el destino ya está sellado?

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