Stephen Curry no necesita otra temporada para demostrar que pertenece a la conversación de los mejores jugadores de todos los tiempos. Su legado ya está construido: cuatro campeonatos en seis Finales, dos premios MVP de temporada, un MVP de las Finales, dos títulos como máximo anotador, 11 selecciones en los Mejores Quintetos, el récord histórico de triples y un oro olímpico. Pero precisamente por la dimensión de su carrera, el momento que atraviesan los Golden State Warriors resulta especialmente difícil de contemplar.

La franquicia que durante años fue el epicentro de la NBA ha reconocido que afrontará la próxima temporada como un año de transición. Y eso coloca a Curry, quien cumplirá 39 años en marzo de 2027, en una posición incómoda: seguir siendo una superestrella dentro de un equipo que ya no parece construido para competir por el campeonato.

El problema no es únicamente la edad de Curry. Es la estructura completa del equipo.

Un verano que no cambió el destino

Golden State intentó modificar ese escenario durante el verano. La organización apuntó a dos de los nombres más importantes disponibles: Giannis Antetokounmpo y LeBron James.

La apuesta por Giannis terminó frustrada cuando el griego se marchó al Miami Heat para jugar bajo la dirección de Pat Riley y Erik Spoelstra. La posibilidad de LeBron parecía más cercana. Curry y Draymond Green tenían una relación directa con el veterano astro, mientras Green incluso rechazó su player option con la intención de proporcionar margen salarial que pudiera facilitar la llegada del cuatro veces campeón.

Pero LeBron finalmente eligió a los Philadelphia 76ers.

Ese desenlace cambia por completo la lectura del verano de los Warriors. La franquicia necesitaba una incorporación de enorme impacto para transformar una plantilla envejecida en un aspirante legítimo. No la consiguió. Y, con ello, las posibilidades de que Curry vuelva a disputar seriamente otro campeonato quedaron considerablemente reducidas.

No se trata de negar que Golden State pueda competir. Se trata de reconocer que competir y aspirar realmente al título son cosas diferentes.

El tiempo se convirtió en el principal rival

La edad de la plantilla explica buena parte del problema. Curry tiene 38 años; Draymond Green, 36; Jimmy Butler, 36; Al Horford, 40; y Kristaps Porzingis, 31. La media de edad del plantel ronda los 30 años y, bajo determinadas combinaciones, Steve Kerr podría incluso utilizar quintetos con más de 35 años de promedio.

Ese envejecimiento tiene consecuencias especialmente importantes en la NBA moderna.

El baloncesto actual exige velocidad constante, transiciones rápidas, cambios continuos entre ataque y defensa y capacidad para sostener esfuerzos físicos durante muchos minutos. Una plantilla veterana puede compensar ciertas limitaciones con experiencia, inteligencia y capacidad técnica, pero resulta más complicado mantener el mismo ritmo durante toda una temporada.

Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de los Warriors: conservaron buena parte de los nombres asociados a su época gloriosa, pero no lograron acompañarlos con una renovación suficientemente profunda.

Curry, Green y Kerr son prácticamente los últimos pilares de aquella estructura. Klay Thompson y Andre Iguodala fueron fundamentales en todos los grandes éxitos de la dinastía, pero Iguodala ya está retirado y Thompson tomó otro camino. Bob Myers, arquitecto de buena parte de aquel equilibrio deportivo y salarial, abandonó la organización en 2023 después de 12 años.

El resultado es una franquicia que conserva los recuerdos de una dinastía, pero no necesariamente las herramientas para reproducirla.

De 73 victorias a la transición

La comparación histórica hace todavía más evidente la magnitud de la caída.

En la temporada 2015-16, Golden State ganó 73 partidos, estableciendo entonces un récord de la NBA. Hoy ese equipo pertenece a otra época.

La temporada pasada, los Warriors terminaron con apenas 37 victorias, exactamente la mitad más una de aquella cifra extraordinaria. Desde su último campeonato, la franquicia únicamente ha conseguido alcanzar dos semifinales de Conferencia y también ha sufrido dos ausencias de playoffs.

La diferencia no es solamente estadística. Representa el paso de una organización que esperaba ganar cada año a otra que ahora debe administrar el final de una generación.

Y Curry queda en el centro de esa transformación.

¿El último contrato o los últimos récords?

El base afrontará el último año de su contrato actual con un salario de 62 millones de dólares. A partir del 29 de agosto de 2026 será elegible para firmar una extensión de dos años por más de 136 millones.

La gran pregunta será qué decide hacer la franquicia y qué desea hacer el propio Curry.

Su salida parece poco probable debido a la lealtad que ha mostrado hacia Golden State y al interés de la organización por conservarlo incluso en ausencia de un proyecto deportivo inmediatamente competitivo. Por eso, una posibilidad razonable es que Curry termine utilizando sus últimos años para ampliar todavía más una colección de récords que ya es extraordinaria.

Su récord de triples puede seguir creciendo y también podría perseguir marcas de longevidad con una misma franquicia. En ese apartado, el referente es Dirk Nowitzki, quien disputó 21 temporadas con los Dallas Mavericks. Kobe Bryant permaneció 20 años con los Lakers.

Pero Curry siempre ha competido por objetivos mayores que una simple marca de permanencia.

Ahí está precisamente la parte más dolorosa de este escenario. El jugador que ayudó a cambiar para siempre la manera de entender el baloncesto —convirtiendo el lanzamiento de tres puntos en una herramienta central del juego moderno— podría terminar su carrera viendo cómo sus extraordinarias actuaciones individuales ya no alcanzan para devolver a Golden State a la cima.

Los Warriors tienen una historia reciente que prácticamente ningún equipo puede igualar. Cuatro campeonatos en seis Finales, una dinastía histórica y una revolución estilística llevan sus nombres.

Pero las dinastías también terminan.

La cuestión ahora no es si Curry seguirá siendo capaz de hacer cosas extraordinarias. Seguramente lo hará. La verdadera pregunta es si Golden State será capaz de ofrecerle un escenario a la altura de su legado antes de que llegue el final.

Por ahora, la propia franquicia habla de transición. Y para un jugador acostumbrado a luchar por campeonatos, esa palabra puede ser la más triste de todas.