Los Seattle Mariners todavía tienen posibilidades matemáticas de pelear por la cima de su división. Pero que sigan vivos en agosto no cambia una realidad difícil de esconder: el equipo llegó a 2026 con expectativas de contender y se encuentra por debajo de .500, después de haber disputado el Juego 7 de la Serie de Campeonato de la Liga Americana el año anterior.
Ese contraste obliga a mirar más allá de los resultados individuales de los jugadores.
Porque una mala temporada puede explicarse por lesiones, regresiones inesperadas o decisiones que simplemente no funcionaron. Lo preocupante en Seattle es que el problema parece repetirse con demasiada frecuencia y, sobre todo, que las consecuencias rara vez alcanzan a quienes toman las decisiones estructurales.
Ahí aparece Jerry Dipoto.
Una década permite evaluar un proyecto
Dipoto está al frente de la operación deportiva de Seattle desde 2015. En ese período, los Mariners han llegado a postemporada solamente dos veces: en 2022, cuando rompieron una sequía de 21 años sin playoffs, y en 2025, cuando estuvieron a una victoria de alcanzar la Serie Mundial.
Esos logros son importantes y no deberían minimizarse.
La campaña de 2025, en particular, representó el mejor recorrido de la franquicia en su historia. Pero precisamente por eso podía convertirse en una trampa: confundir una temporada extraordinaria con la confirmación de que el modelo completo de construcción del equipo era sostenible.
El problema es que buena parte de aquella ofensiva dependió de actuaciones extraordinarias.
Cal Raleigh conectó 60 jonrones, una producción histórica para un receptor y difícil de repetir. Además, los refuerzos Josh Naylor y Eugenio Suárez tuvieron un impacto importante después de llegar en la fecha límite.
Seattle encontró una combinación que funcionó.
Pero una cosa es encontrar una fórmula ganadora durante una temporada y otra construir una estructura capaz de resistir cuando algunos de sus principales protagonistas regresan a niveles más normales.
Eso es precisamente lo que ocurrió.
El problema no es que los jugadores hayan regresado a la normalidad
Raleigh ha tenido una regresión considerable. Josh Naylor también ha tenido dificultades, mientras que Bryan Woo y otros jugadores importantes no han reproducido el nivel esperado.
Es injusto responsabilizarlos exclusivamente.
Un gerente general no puede saber exactamente cuánto caerá el rendimiento de una estrella de un año a otro. Pero sí tiene que construir una plantilla capaz de absorber cierto grado de regresión.
Ese es uno de los principios fundamentales de la construcción de un roster.
Los equipos verdaderamente competitivos necesitan amortiguadores.
Si una estrella baja su producción, otro jugador debe poder asumir parte de la responsabilidad. Si un lanzador se lesiona, debe existir profundidad. Si una adquisición de agente libre no funciona, el resto del roster debería impedir que una sola decisión termine condicionando toda la temporada.
Seattle parece haber necesitado demasiadas temporadas de rendimiento extraordinario simultáneo para que su estructura funcionara.
Cuando varios jugadores regresaron a niveles menos espectaculares, aparecieron las deficiencias.
Seattle sí sabe desarrollar pitchers
Y aquí está una de las mayores paradojas de los Mariners.
La organización ha desarrollado lanzadores de gran nivel con una regularidad impresionante. Tener pitchers jóvenes y controlables representa una de las mayores ventajas económicas que puede conseguir una franquicia.
Permite ahorrar dinero en la rotación, conservar flexibilidad salarial y, en teoría, utilizar esos recursos para reforzar otras áreas.
Seattle hizo muy bien la primera parte.
El problema fue qué hizo con esa ventaja.
En lugar de utilizar su desarrollo de pitcheo como plataforma para construir una ofensiva más completa, el equipo terminó convirtiéndolo casi en un argumento para aceptar las carencias del lineup.
La rotación mantuvo a los Mariners competitivos.
Pero competir no es lo mismo que construir un contendiente.
Ese es quizá el mayor problema de la era Dipoto: Seattle ha conseguido permanecer suficientemente cerca de la pelea como para justificar continuidad, pero no lo suficientemente cerca del título como para demostrar que el proyecto funciona de manera sostenible.
Milwaukee demuestra que el dinero no explica todo
La comparación con los Milwaukee Brewers resulta especialmente incómoda para Seattle.
Milwaukee también opera con limitaciones financieras. Sin embargo, ha conseguido construir una organización capaz de competir de manera constante, incluso cuando pierde jugadores importantes o toma decisiones difíciles.
Eso no significa que el presupuesto sea irrelevante.
Claro que gastar más facilita construir una plantilla competitiva. Pero un presupuesto limitado no elimina la responsabilidad de tomar buenas decisiones.
La diferencia está en cómo se utilizan los recursos disponibles.
Los Mariners han desarrollado una fortaleza enorme en el pitcheo, pero no han conseguido transformar ese capital deportivo en un roster suficientemente equilibrado.
Y después de casi 11 años, resulta cada vez más difícil presentar ese problema como una etapa de transición.
El verdadero problema puede estar arriba
La discusión sobre si la responsabilidad pertenece a Dipoto o al propietario John Stanton también empieza a perder sentido.
Stanton determina los recursos y las expectativas económicas de la organización. Dipoto dirige las operaciones deportivas dentro de ese marco.
Después de tantos años, ambos forman parte del mismo sistema.
Si Dipoto no recibe suficiente dinero para construir un equipo campeón, entonces la propiedad debe explicar por qué mantiene a un ejecutivo bajo esas restricciones durante tanto tiempo.
Si Dipoto sí dispone de recursos suficientes y no consigue completar la plantilla, entonces la responsabilidad deportiva es evidente.
En cualquiera de los dos escenarios, la organización necesita asumir responsabilidad por el resultado.
Cambiar entrenadores, modificar alineaciones o esperar la aparición de otro prospecto puede ser necesario, pero no constituye necesariamente una corrección estructural.
Son ajustes.
Y Seattle necesita algo más profundo.
La mediocridad no puede convertirse en estabilidad
Ese es el verdadero peligro para los Mariners.
Una franquicia puede acostumbrarse a estar “cerca”. Puede utilizar una buena segunda mitad para vender esperanza, señalar prospectos prometedores o destacar estadísticas subyacentes.
Pero después de una temporada en la que el objetivo era competir por la Serie Mundial, terminar simplemente siendo matemáticamente relevante no debería considerarse suficiente.
La temporada 2025 demostró que Seattle puede llegar lejos.
La temporada 2026 está demostrando algo diferente: que llegar lejos una vez no significa necesariamente haber construido una organización capaz de hacerlo regularmente.
Y esa diferencia es fundamental.
Si los Mariners consiguen protagonizar otra gran remontada y regresar a octubre, la discusión cambiará porque los resultados deben tener la última palabra.
Pero si no ocurre, la organización tendrá que hacerse una pregunta mucho más incómoda que “¿qué salió mal este año?”.
La pregunta será:
¿Por qué seguimos esperando que el mismo sistema produzca un resultado diferente?
Porque después de casi 11 años, la continuidad ya no puede confundirse automáticamente con estabilidad.
A veces, mantener el mismo rumbo es una virtud.
Pero cuando los mismos problemas siguen apareciendo, la continuidad sin consecuencias puede convertirse simplemente en permiso para repetirlos.