Con el Clásico Mundial de béisbol a la vuelta de la esquina, los equipos van dando últimos detalles a rosters, jugadores y contenido de media. Cada día más que se acerca la justa, los jugadores y staff inundan las redes sociales, bandera en hombros, para incitar a las distintas naciones a volcarse en apoyo a sus respectivas selecciones, incentivando el patriotismo para la pos, dar vida al juego.

Con respecto a la representación del país, nadie está obligado a cargar con los colores de su nación; es una decisión propia que tiene que ver con el momentum y la situación de cada individuo en general.  Se respeta a todo aquel que muestra su intención de participar o de no hacerlo desde el minuto 1 de anunciados los torneos. El fanático del juego que sea siempre querrá ver al jugador estrella de turno representar su nación o con la mítica foto con la bandera puesta sobre sus hombros.

Pero luego están los surfistas: jugadores que muestran un interés en formar parte de la selección, si es bajo sus propias reglas, por su fama, estrellato o simplemente para disfrutar de la atención mediática mundial que regala el torneo. Estos son causantes de problemas internos, tanto en la mentalidad del equipo: discusiones, egos, discordia. Como dificultades del Staff por lo variable de su decisión de estar y el equipo que quiere armar.

Aquí entra José Ramírez, uno de los mejores bateadores dominicanos de los últimos años en la MLB. Desde el primer minuto en que se decantó por jugar en la selección, demostró una actitud engrandecida y soberbia, misma con la que empezó a poner en duda su participación en el clásico si no se hacía “bajo sus propios términos”. Aunque sus números avalen su actitud de ser la estrella o tenga la habilidad sobrada para lograr victorias fáciles, la representación y la nación deben ser siempre la punta de lanza durante todo el torneo.

Ya lo decía Sun Tzu: un líder malvado es capaz de quemar su propia nación hasta los cimientos para poder gobernar sobre sus cenizas. La humildad de servir a la patria debe estar por encima del ego de ser la figura principal. Y sin importar los números, las hazañas, los méritos, campeonatos o logros. El fanático no olvida cuando alguien miente o traiciona en su llamado a la patria, y Roma no paga traidores.

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