Lo soñé, estaba ahí, aquel 4 de julio de 1939. El Yankee Stadium abarrotado y a lo lejos él, estoico, con rostro cansado y mirada algo triste, pero manteniendo el temple de siempre, ese que había heredado de sus antepasados alemanes. Lloré, como casi todos los presentes al escuchar sus palabras: – “…Me considero el hombre más afortunado de la faz de la tierra…”- dijo y entonces, cuando se abrazaba con Ruth, desperté y una sensación de inmensa tristeza me inundaba. Ese día, harán ya unos diez años, comprendí lo que significaba Lou Gehrig en el imaginario de la gente.
Fue mí primer ídolo, lo sigue siendo y si en algún momento pude pensar en jugar béisbol fue viendo su figura en fotos y vídeos de la época, leyendo todo lo que me caía en las manos sobre su leyenda y pensé en hacerlo, en salir al campo todos los días, en batear a la zurda y adueñarme de la primera. Aprendí a amar el juego gracias a Gehrig, el ” Caballo de Hierro”.
Un monumento al valor
Si ahora mismo, mientras escribo, me preguntan sobre algo que encarne al valor, diría sin pensar mucho, Lou Gehrig, la estampa fiel del coraje sin límites.
Se ha dicho mucho, han visto la luz cientos y cientos de artículos, una película incluso allá por 1942, varios documentales, pero igual, siempre, una y otra vez hay que volver a Gehrig, aquel chico de 20 años que un 15 de 1923 debutó con los Yankees, escribiendo su nombre dentro de lo más sagrado del universo de los Bombarderos del Bronx.
Y están sus dos MVP, sus seis anillos de Serie Mundial, los siete Juegos de Estrellas y esos 2130 juegos consecutivos, una marca que duró 56 años hasta que en 1995, el también legendario Cal Ripken Jr la rompió. Está todo eso, quizás como el mejor modo de sintetizar una estela cargada de tanta de gloria, con hitos y suceso prominentes, como en aquella temporada de 1934…
La gesta del 34
En esa campaña Gehrig legó el que para muchos fue su mejor año y en general uno de los mejores en la historia de Grandes Ligas, pues además de llegar a los 1500 juegos consecutivos, acabó ganando la ” Triple Corona” al promediar 363 de average, con 49 jonrones y 165 carreras impulsadas.
Cinco años después, días antes de aquel mítico discurso, le confirmaron esclerosis lateral amiotrófica, ELA o Enfermedad de Lou Gehrig como se le conoce desde entonces. Reseñan las crónicas que le pronosticaron unos tres años de vida, pero a duras penas pasó los dos, precisamente un 2 de junio de 1941, falleció mi ídolo, el de tantos, uno de los mejores peloteros del siglo XX.
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