Ricardo Orlando Pellerano, un nombre que quizás no suene con fuerza en los registros más populares del fútbol argentino, tuvo un recorrido más que respetable en la élite nacional durante los años setenta. Su figura, sólida y discreta, fue parte de varias instituciones que transitaban momentos bisagra. En ese camino, su paso por Quilmes Atlético Club en 1977 marcó un capítulo particular, en el que el defensor aportó experiencia y firmeza en un equipo que se preparaba, sin saberlo aún, para alcanzar la cima al año siguiente.
Un año clave en su carrera
Tras haberse consolidado en River Plate y Argentinos Juniors, Ricardo Pellerano recaló en Quilmes en 1977. Fue una temporada determinante tanto para su carrera como para el club. En un plantel que mezclaba experiencia con talento emergente, Pellerano encajó como un engranaje preciso: jugó 39 partidos oficiales en el torneo de Primera División y marcó un gol, sumando así el único tanto que convertiría con esa camiseta.
Si bien su promedio goleador se mantuvo bajo —0,03 goles por encuentro— su rendimiento defensivo fue lo que realmente dejó huella. Quilmes se preparaba entonces para una de las etapas más gloriosas de su historia: la consagración como campeón del Torneo Metropolitano en 1978. Pellerano no integró ese equipo campeón, ya que regresó a Argentinos Juniors al finalizar la temporada. Sin embargo, su aporte durante el año anterior fue parte de la base que consolidó al equipo cervecero como un bloque competitivo y confiable.
Un defensor de perfil bajo, pero fundamental
A lo largo de sus años como profesional, Pellerano se caracterizó por su sobriedad en la cancha. No era un defensor que llamara la atención por sus gestos o por goles espectaculares, sino por su regularidad y lectura táctica. En Quilmes, supo mantener la coherencia de su estilo: seguro en la marca, ordenado en la línea defensiva y eficaz en el juego aéreo, aunque sin destacarse ofensivamente.
Su rendimiento fue clave en varios compromisos ajustados del campeonato de 1977, un torneo donde Quilmes no peleó directamente por el título pero logró consolidar una estructura que luego daría frutos. El equipo ya mostraba señales de evolución táctica y mentalidad ganadora, y la experiencia de jugadores como Pellerano ayudó a fortalecer esa identidad.
Quilmes, en vísperas de la gloria
El año posterior a la partida de Pellerano fue histórico para el club. En 1978, Quilmes se consagró campeón del Torneo Metropolitano, dirigido por José Yudica. Aunque Ricardo no fue parte de ese plantel, muchos de los jugadores que compartieron vestuario con él el año anterior reconocieron el valor del proceso de consolidación iniciado en 1977. En ese contexto, su aporte no puede ser subestimado: formó parte del esqueleto previo a la gesta, en un fútbol donde los ciclos exitosos rara vez se construyen de un día para el otro.
Números que cuentan una historia silenciosa
En el cómputo total de su carrera, Ricardo Pellerano disputó 281 partidos oficiales y anotó 6 goles. Su promedio de 0,02 goles por encuentro reafirma su perfil netamente defensivo. Pero en Quilmes, esa cifra aumentó levemente con un gol en 39 partidos, su segunda mejor marca goleadora por club después de su sorprendente paso por Deportivo Cuenca en Ecuador (donde marcó cuatro veces en 17 juegos).
Ese dato, aunque modesto, habla de un profesional que supo adaptarse a distintas exigencias y contextos. Y en el caso del equipo cervecero, dejó su marca en una etapa de crecimiento institucional y futbolístico.
Un eslabón en una cadena de progreso
El legado de Ricardo Pellerano no se mide en títulos ni en premios individuales, sino en su rol como engranaje firme en equipos que atravesaban momentos de transición. Quilmes encontró en él un defensor confiable, de rendimiento parejo y actitud profesional, que ayudó a consolidar un estilo que luego lo llevaría al mayor éxito de su historia.
A veces, en la historia del fútbol, hay figuras que no se quedan con los flashes ni con la gloria, pero que fueron imprescindibles en la construcción de los grandes logros. Ricardo Pellerano fue uno de ellos. Y su paso por Quilmes, aunque breve, fue parte de ese camino hacia la consagración.