No fue un canto ni un piquete. Tampoco una agresión. Fue un gesto tan simple como potente: sentarse. Así, hace exactamente 87 años, el 8 de octubre de 1933, los jugadores de Gimnasia y Esgrima La Plata protagonizaron la primera protesta pacífica en la historia del fútbol argentino, en un partido crucial frente a San Lorenzo, por la fecha 28 del Campeonato de Primera División.
Lo que parecía ser un duelo vibrante entre el puntero (Gimnasia) y su inmediato escolta (San Lorenzo) en el Viejo Gasómetro, terminó convertido en un símbolo. No por los goles ni por la calidad del juego, sino por el modo en que el Lobo eligió decir basta ante lo que consideraron un arbitraje escandalosamente parcial.

El contexto: un campeonato al rojo vivo
El torneo profesional de 1933 transitaba sus etapas decisivas. El Lobo llegaba como líder, mientras el Ciclón lo perseguía de cerca. El ambiente era tenso, pero festivo. Hasta hubo una orquesta en el entretiempo para entretener a los hinchas, que habían colmado las tribunas. El primer tiempo, parejo y justo, terminó 1 a 1. Nadie imaginaba lo que vendría.
El penal que no fue y la mecha que encendió todo
Recién comenzado el complemento, San Lorenzo se adelantó en el marcador. Pero el clima explotó cuando José Fossa derribó dentro del área a Enrique Gainzarain, en una jugada clara que debió haber sido penal. Para el árbitro Alberto Rojo Miró, sin embargo, la falta ocurrió un metro fuera del área. Fue tiro libre intrascendente.
Las protestas no se hicieron esperar. El enojo creció y el punto de quiebre llegó poco después: el tercer gol del Ciclón, con la pelota dudosa sobre la línea de gol, fue convalidado. El árbitro lo vio adentro. Ángel Miguens fue expulsado por patear al juez. Gimnasia, con diez hombres, tomó una decisión histórica.
La sentada que cambió las reglas del juego
Con el partido reanudado, los jugadores de Gimnasia se sentaron en el césped. No atacaron ni defendieron. Apenas cumplieron con la formalidad de sacar del medio. San Lorenzo marcó cuatro goles más ante un equipo que eligió no jugar.
Ni siquiera el arquero Atilio Herrera intentó detener los disparos. Se sentó junto al palo. El resultado final fue 7 a 1, pero el número fue anecdótico: la imagen de los futbolistas en el suelo, inmóviles, se grabó en la retina de quienes presenciaron aquella jornada inolvidable.
El árbitro, humillado, abandonó la cancha antes del final. Y tras el último gol, los jugadores de ambos equipos se reunieron en la mitad del campo. Gimnasia, lejos de esconderse, saludó al rival y dio una vuelta olímpica, quizás no por el campeonato, pero sí por el coraje de haber marcado un antes y un después.
Aquella tarde no fue sólo un capítulo curioso en la historia del fútbol argentino. Fue el nacimiento de una nueva forma de protesta, no violenta, profundamente simbólica, y que inspiró a otros a lo largo del tiempo.
El 8 de octubre de 1933, Gimnasia y Esgrima La Plata se sentó, pero se levantó de la historia como un pionero del reclamo pacífico en el deporte. Una gesta olvidada por algunos, pero que vale la pena recordar… sobre todo, cuando todavía hoy, tantos años después, seguimos discutiendo lo mismo: la honestidad del árbitro.
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