La salida de Kevin Lamour de la FIFA ha abierto un nuevo frente de cuestionamientos sobre la gobernanza del máximo organismo del fútbol mundial. Aunque la FIFA anunció su salida sin entrar en detalles, el momento en que se produce ha provocado preocupación entre organizaciones de derechos humanos y sindicales, especialmente porque Lamour había expresado públicamente sus reparos al proyecto impulsado por el presidente Gianni Infantino para comercializar una participación en los derechos de distintas competiciones.
Lamour se incorporó al equipo directivo de la FIFA en noviembre de 2024, después de haber formado parte del círculo que respaldó la candidatura de Infantino para la presidencia en 2016. Su salida adquiere especial relevancia porque, durante su paso por la organización, también participó en iniciativas relacionadas con derechos humanos y laborales.
Para Human Rights Watch, el episodio no debería interpretarse únicamente como el final de la relación laboral de un ejecutivo. Minky Worden, directora de iniciativas globales de la organización, sostuvo ante Reuters que la FIFA necesita más personas dispuestas a cuestionar internamente las decisiones del organismo y a exigir responsabilidades.
La disidencia como problema de gobernanza
Las críticas no se centran exclusivamente en Lamour. Su caso está siendo utilizado por organizaciones externas como un ejemplo de un problema más profundo: qué espacio existe dentro de la FIFA para que sus propios dirigentes cuestionen decisiones de la cúpula.
Andrea Florence, directora ejecutiva de Sport & Rights Alliance, calificó la salida como otra señal de una estructura organizativa que, según su valoración, necesita una reforma profunda.
Florence destacó el trabajo que atribuye a Lamour en diferentes asuntos vinculados con los derechos humanos. Entre ellos mencionó el reconocimiento oficial de la selección femenina de Afganistán y la defensa pública del periodista deportivo Christophe Gleizes, encarcelado en Argelia.
Desde esta perspectiva, la controversia no se reduce al desacuerdo sobre un proyecto comercial. Lo que preocupa a estas organizaciones es que una institución con el peso global de la FIFA pueda perder dentro de su propia estructura a funcionarios dispuestos a señalar problemas o cuestionar decisiones.
El trasfondo comercial
Uno de los elementos centrales del conflicto es la propuesta conocida como FIFA Forward Enterprise, relacionada con la comercialización de derechos del Mundial y otras competiciones.
Lamour había criticado públicamente el plan, lo que añadió una dimensión institucional a la discusión. Para sus defensores, esas críticas demostraban una voluntad de promover mayor transparencia e integridad en la toma de decisiones.
La FIFA, por su parte, no había ofrecido hasta el momento de la información proporcionada una explicación pública detallada sobre las circunstancias de la salida de Lamour.
Ese vacío alimenta las preguntas.
Cuando un alto funcionario abandona una organización poco después de cuestionar públicamente una iniciativa de su presidente, es inevitable que surjan interrogantes sobre si existe una relación entre ambos acontecimientos. Pero establecer que Lamour fue apartado por sus críticas requeriría pruebas que no aparecen en la información disponible. Lo que sí existe es una coincidencia temporal que ha generado preocupación entre organizaciones externas.
Los derechos humanos vuelven al centro del debate
La controversia también revive cuestionamientos más amplios sobre la actuación de la FIFA en materia de derechos humanos.
Minky Worden recordó las críticas de Human Rights Watch al proceso de elección de Arabia Saudita como sede del Mundial de 2034, mientras que Ambet Yuson, secretario general de la Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera, vinculó la salida de Lamour con la preocupación por la protección de los derechos laborales.
Estos señalamientos llegan después de años en los que la FIFA ha intentado presentar una estructura de gobernanza más comprometida con los derechos humanos. Precisamente por eso, las organizaciones críticas consideran que la pérdida de funcionarios que impulsan internamente esos asuntos puede representar un retroceso.
El verdadero desafío para Infantino y la FIFA será demostrar que la rendición de cuentas y la diversidad de opiniones pueden coexistir con una dirección ejecutiva fuerte.
Porque una organización deportiva de la dimensión de la FIFA no solo necesita capacidad para generar ingresos y organizar grandes eventos. También necesita mecanismos creíbles para escuchar las críticas, investigar posibles conflictos y proteger a quienes plantean cuestionamientos desde dentro.
La salida de Lamour, por sí sola, no demuestra que la FIFA esté silenciando a sus voces críticas. Pero las reacciones que ha provocado dejan una pregunta difícil de ignorar: ¿qué tan tolerante es realmente el máximo organismo del fútbol mundial con la disidencia interna?