La temporada de fútbol 2026-27 ha comenzado con una contradicción que resume uno de los grandes problemas actuales del deporte: los jugadores que apenas han terminado una competición vuelven a ser requeridos para disputar otra.
No han pasado cuatro semanas desde que España conquistó su segunda Copa del Mundo en el MetLife Stadium de Nueva Jersey y los integrantes de aquella selección, al igual que los futbolistas de Argentina, Francia e Inglaterra —los otros tres semifinalistas—, ya están llamados a incorporarse nuevamente al trabajo. Sus vacaciones han terminado mientras la nueva temporada oficial prácticamente ya está en marcha.
El problema no es solamente la cantidad de partidos. El verdadero conflicto está en el tiempo disponible para recuperarse, entrenarse y volver a alcanzar las condiciones físicas y mentales necesarias para competir.
El calendario internacional ha incorporado, además del Mundial, competiciones como la Eurocopa y el renovado y ampliado Mundial de Clubes. El resultado es una sucesión prácticamente continua de temporadas, torneos y concentraciones que reduce los espacios tradicionalmente destinados a la recuperación y la preparación.
Un título oficial que llegó demasiado pronto
Un ejemplo quedó expuesto en la Supercopa de Europa disputada entre PSG y Aston Villa. El primer título de la temporada se decidió con varias figuras importantes prácticamente recién incorporadas a sus equipos.
Fabián, Ousmane Dembélé, Ollie Watkins y Bradley Barcola, entre otros jugadores relevantes, tuvieron una participación limitada debido a su escasa preparación.
La situación fue explicada de forma contundente por Luis Enrique, entrenador del PSG, antes del encuentro: “No tengo jugadores, llegaron el lunes”.
La frase resume el problema. El fútbol exige competir por títulos incluso cuando algunos de sus protagonistas apenas han acumulado entrenamientos después de una competición internacional.
La planificación tradicional de una pretemporada, por tanto, comienza a resultar incompatible con el calendario moderno.
Otro caso citado es el de Ferran Torres. El futbolista, en proceso de salida del Barcelona, debía reincorporarse a los entrenamientos, pero recibió permiso del club para retrasar su regreso.
Mientras tanto, Rodri afronta una situación todavía más extrema. El centrocampista debía comenzar el 14 de agosto su preparación con el Manchester City y apenas dos días después el conjunto inglés disputaría la Community Shield contra Arsenal.
La consecuencia es evidente: la frontera entre terminar una temporada y comenzar la siguiente prácticamente se ha desdibujado.
Ya no se trata de correr kilómetros
El cambio también alcanza a la forma de preparar físicamente a los futbolistas.
Durante décadas, la pretemporada estuvo asociada a imágenes de jugadores corriendo largas distancias por playas o montañas bajo la supervisión de preparadores físicos. La lógica era acumular kilómetros para construir una base física antes del comienzo de la competición.
Ese modelo ha cambiado.
Samuel Valdelvira, preparador físico con experiencia en varios clubes de Segunda RFEF y actualmente readaptador del centro deportivo Pleno, en Murcia, explica que el objetivo moderno ya no consiste simplemente en “poner en forma” al jugador.
La preparación busca reproducir las exigencias reales de un partido. Es decir, el entrenamiento debe parecerse cada vez más a la competición.
La diferencia es importante porque el fútbol no exige únicamente resistencia. Los jugadores necesitan acelerar, frenar, cambiar de dirección, tomar decisiones bajo presión, disputar duelos y ejecutar acciones técnicas mientras están sometidos a una elevada exigencia física y mental.
Por eso, preparar al futbolista significa entrenarlo para responder precisamente a esas situaciones.
El equipo no puede prepararse igual
Uno de los conceptos centrales del nuevo modelo es la individualización.
Mientras un equipo puede realizar una sesión colectiva, no todos sus integrantes necesariamente necesitan la misma carga. Algunos jugadores pueden reducir el volumen o la intensidad sin quedar desconectados del trabajo táctico.
Esta diferenciación resulta especialmente importante después de grandes torneos internacionales.
Según Valdelvira, los futbolistas que llegaron a las fases finales del Mundial necesitan, de media, entre tres y seis semanas para recuperar la capacidad de entrenar a máxima intensidad.
Eso no significa que tengan que permanecer necesariamente tres o seis semanas sin jugar. El matiz es fundamental: pueden competir antes, pero el riesgo de lesión disminuye a medida que recuperan fuerza y frescura.
En otras palabras, estar disponible no significa estar completamente preparado.
El costo invisible del calendario
La discusión sobre la saturación del calendario suele centrarse en la cantidad de partidos, pero existe otra dimensión menos visible: el desgaste acumulado.
El jugador necesita tiempo para recuperar el cuerpo, pero también para recuperar la mente. Después de una temporada larga, una competición internacional y eventualmente un Mundial de Clubes, el descanso deja de ser un lujo y pasa a formar parte de la preparación.
Los avances científicos y tecnológicos aplicados al fútbol han reforzado precisamente esa idea. El alto rendimiento moderno busca conocer las características particulares de cada futbolista y adaptar su preparación a ellas.
Por eso, la pretemporada moderna paradójicamente puede comenzar poniendo al individuo por delante del equipo.
El objetivo no es que todos hagan exactamente lo mismo desde el primer día, sino conseguir que cada jugador alcance progresivamente las condiciones necesarias para soportar la competición.
¿Hacia dónde va el fútbol?
El caso de 2026 expone una pregunta que será cada vez más difícil de evitar: ¿cuánto puede comprimirse el calendario antes de que la preparación deje de ser suficiente?
El fútbol ha añadido competiciones y ampliado algunas de las existentes, pero el cuerpo humano continúa necesitando recuperación. No se puede eliminar por completo el tiempo biológico que requiere un deportista para recuperar fuerza, frescura y capacidad competitiva.
La temporada actual podría convertirse, por tanto, en un laboratorio involuntario para comprobar hasta qué punto el fútbol profesional puede seguir funcionando con períodos de descanso cada vez más reducidos.
La vieja pretemporada, aquella de semanas dedicadas exclusivamente a construir una base física, parece pertenecer a otra época. El desafío contemporáneo es mucho más complejo: preparar a un jugador que todavía no ha terminado de recuperarse de la temporada anterior para competir en la siguiente.
Y ahí está el verdadero límite que el fútbol moderno deberá aprender a respetar: no el calendario que puede diseñarse sobre el papel, sino el tiempo que necesita el cuerpo para estar realmente preparado.