El deportista de elite, sin importar la disciplina, muere 2 veces; cuando parte de este plano terrenal y cuando debe abandonar las competiciones que ama. Esta última es la más dolorosa. El pasado 4 de septiembre, en la esquina de las calles Guillermo Udaondo y Presidente Figueroa Alcorta en Buenos Aires, El monumental vivió lo que podría ser el último destello de magia de Messi con la camiseta albiceleste en su tierra natal.
Messi de 38 años, ya está sintiendo el resentir de la edad, el “delay” de su cuerpo ante las exigencias del día a día y como cada vez el ritmo de baile de la caprichosa es menos sencillo de manejar. Es el ciclo natural de las cosas, conforme avanzan los años, la vida útil del jugador de alto rendimiento se desvanece. En esa misma fase, el primer paso es abandonar la selección para dar paso a piernas más frescas e ideas más revolucionarias… y poder alargar un poco más su carrera.
Messi, para muchos el mejor jugador de la historia (no son horas para esa discusión), ha logrado todo lo que cualquier futbolista desea en su carrera profesional, desde el Sextete con el Barca hasta la última copa mundial, Lionel marcó a toda una generación de jóvenes que de seguro, contarán a sus nietos como uno de sus más grandes logros “que vio jugar a la Pulga”. Y es que sin importar si se es fanático o Hater todos tenemos un pase, una finta, una genialidad o un gol que consideramos “el mejor de la historia” sacados de la chistera de Lio.
Y aunque siempre está el sentimiento de que su magnetismo y entrega le podría alcanzar para otro mundial, son solo espasmos de todas sus grandes jugadas en nuestros recuerdos. Al igual que el sol cuando se va escondiendo, se valoran más los destellos de su juego ante el inevitable ocaso.
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