Otra vez Italia. Otra vez el miedo. Otra vez, el precipicio. La humillante derrota por 3-0 ante Noruega en Oslo no solo encendió todas las alarmas en el país transalpino: hizo estallar una crisis que ya no se puede maquillar. Con un fútbol sin alma, sin ideas y sin liderazgo, la selección de Spalletti quedó cuarta en su grupo rumbo al Mundial 2026, y aunque matemáticamente aún respira, el eco de sus dos últimas ausencias en citas mundialistas vuelve a retumbar con fuerza.

“La clasificación ha terminado antes de empezar”, sentenció La Gazzetta dello Sport con una crudeza inusitada, reflejando el sentir popular. El medio no ahorra pólvora: califica el momento como una “emergencia nacional” y exige una reestructuración inmediata del cuerpo técnico. El proyecto de Luciano Spalletti, que ya tambaleó durante la Eurocopa, parece definitivamente agotado.

Un equipo sin alma, un liderazgo sin dirección

Noruega, comandada por un imparable Erling Haaland, fue muy superior en todos los aspectos del juego. Italia no solo perdió el partido, perdió el alma. Y mientras tanto, en el palco del Ullevaal Stadion, el presidente de la FIGC, Gabriele Gravina, observaba todo con un rostro que “parecía de cera”, según los cronistas. La prensa pide su salida: recuerdan que sus antecesores dimitieron tras fracasos similares, mientras él continúa aferrado al cargo, sin respuestas.

Desde el Corriere dello Sport, la crítica va más allá de lo táctico. Se cuestiona la estructura del fútbol italiano, la falta de jerarquía en la nueva generación de jugadores y la carencia de soluciones desde el banquillo. “Esta selección no compite”, lanzan con contundencia. Y en Europa, si no se compite, no se clasifica.

¿Qué necesita Italia para llegar a Norteamérica 2026?

La única vía posible para la ‘Azzurra’ es el playoff, pero incluso ese camino está lleno de obstáculos. Para alcanzarlo, Italia debe:

  1. Terminar segunda en su grupo.
  2. Estar entre las mejores subcampeonas.
  3. Ganar dos eliminatorias directas: una en casa y otra como visitante.

Un camino duro, incierto y traumático, que en 2022 los dejó fuera tras caer contra Macedonia del Norte. Ahora, ni siquiera está garantizado llegar a esa instancia: deben vencer sí o sí a Moldavia e Israel, y esperar que Noruega no siga escapándose en el golaverage.

Una década en la oscuridad

Italia no pisa un Mundial desde Brasil 2014. Doce años ausente en la mayor cita del fútbol sería una catástrofe sin precedentes. Ni el título europeo de 2021 sirve ya como consuelo. Desde que fue campeona en 2006, la selección ha transitado una pendiente descendente: eliminaciones en primera fase en 2010 y 2014, y ausencias totales en 2018 y 2022. Un derrumbe sostenido que ahora amenaza con volverse estructural.

El golpe es profundo. Afecta a la credibilidad institucional, al desarrollo del talento joven, a la inversión en la cantera y a la imagen internacional del fútbol italiano. Como resume Tuttosport, “se ha tocado fondo, y aún se sigue cavando”.

La gran pregunta ahora no es solo si Italia clasificará al Mundial, sino qué Italia sobrevivirá a esta crisis. Porque ya no se trata de perder partidos: se trata de perder el alma de un país que respira fútbol. Y eso, incluso en un país de tanta historia, puede ser irreversible.

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