Una carrera marcada por la historia

Ricardo “el Bicho” Pellerano no figura en la galería de campeones del mundo ni tiene vitrinas repletas de trofeos. Sin embargo, su nombre está escrito en una de las páginas más singulares del fútbol argentino. Fue compañero en el debut profesional de dos próceres del deporte nacional: Norberto Alonso y Diego Maradona.

Zaguero aguerrido, de carácter fuerte pero perfil bajo, Pellerano supo ser testigo directo del surgimiento de quienes luego se convertirían en íconos eternos. Y con el paso de los años, el destino le devolvió ese privilegio en forma de reconocimiento.

Formado en River, testigo del nacimiento del Beto

La carrera de Pellerano comenzó en River Plate, donde se formó en las divisiones juveniles y llegó a Primera en 1970. Su estadía en el club de Núñez coincidió con una etapa sin títulos, pero llena de nombres históricos.

El 8 de agosto de 1971, en la cancha de Atlanta, River visitó a Deportivo Español. Aquel encuentro, que finalizó con derrota 2-1, marcó un antes y un después: Norberto Alonso hizo su debut con la camiseta millonaria. Pellerano fue titular ese día. Fue el primer partido de un número 10 que más adelante ganaría nueve títulos con River y levantaría la Copa del Mundo en 1978 con la Selección.

El pase a Argentinos y un encuentro con el futuro

Tras dejar River en 1973, Pellerano recaló en Argentinos Juniors, club que lo adoptó como referente y capitán. En La Paternal vivió su etapa más sólida como futbolista, con casi 180 partidos disputados en dos ciclos. Allí también se cruzó con Francis Cornejo, entrenador de infantiles, quien le presentó a un pibe del barrio que la rompía en los Cebollitas: Diego Armando Maradona.

Pellerano quedó impactado y no dudó en recomendarlo al cuerpo técnico. El DT, Juan Carlos Montes, decidió esperar unos meses. Pero el 20 de octubre de 1976, cuando Maradona estaba por cumplir 16 años, llegó el momento.

El debut del 10 y un vínculo eterno

Esa tarde, en el estadio de Argentinos, Diego Maradona hizo su primera aparición en Primera División frente a Talleres de Córdoba. Ingresó con la camiseta 16 en la derrota 1-0. Pellerano, que fue titular y capitán, lo acompañó en esa jornada histórica.

El defensor fue un guía dentro y fuera de la cancha. Aconsejaba a Diego, dialogaba con su entorno, y se convirtió en una figura de confianza. El fútbol los separó: Maradona voló a Boca y luego a Europa; Pellerano emigró a Ecuador y pronto colgó los botines. Pero el vínculo nunca se rompió.

Un regalo que selló una amistad

Años después, en 1994, Diego fue entrenador de Deportivo Mandiyú y decidió convocar a su viejo compañero como ayudante. Compartieron vestuario, ideas y rutas: Maradona incluso le prestaba un auto a Pellerano para que viajara a Rosario a ver a su familia.

Al finalizar su etapa en Corrientes, Diego le regaló el Volkswagen Gol que Pellerano utilizaba, en un gesto de amistad genuina y gratitud. “Es tuyo, llévatelo”, le dijo el 10, como quien entrega mucho más que un objeto.

Se reencontraron en 2019, en un homenaje en el estadio de Argentinos. Diego lo abrazó como en los viejos tiempos, lo invitó a Estancia Chica y lo volvió a incluir en su círculo íntimo, esta vez desde su rol como técnico de Gimnasia.

Una dinastía de futbolistas: los Pellerano

Pero la historia de Ricardo no termina en su trayectoria personal. Su apellido dejó herencia en el fútbol sudamericano a través de sus hijos: Cristian y Hernán Pellerano, ambos con carreras extensas.

Cristian fue un mediocampista central de largo recorrido. Jugó más de 700 partidos profesionales, fue campeón en Argentina, México y Ecuador, y se transformó en uno de los futbolistas más laureados de la Copa Sudamericana, junto a Claudio Morel Rodríguez. Hernán, en tanto, fue defensor central y pasó por clubes como Newell’s, Vélez, Independiente, Olimpia y Alianza Lima.

Una vida entre leyendas

La figura de Ricardo Pellerano se engrandece desde la humildad. No fue estrella, pero vivió en carne propia dos nacimientos futbolísticos que marcaron la historia argentina. Compartió vestuario con Alonso, fue guía de Maradona, y sembró en sus hijos el amor por el juego.

Hay futbolistas que se miden por títulos. Otros, como él, por las huellas invisibles que dejaron en otros. Y esas, a veces, valen mucho más.

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