Hay leyendas cuyo impacto se mide por la potencia descomunal de sus remates, por la colección de medallas doradas sobre el pecho o por las miles de millas recorridas llevando la bandera tricolor a los pabellones más exigentes de Asia, Europa y América. Bethania de la Cruz Peña es, indiscutiblemente, una de esas gigantes. Nacida el 13 de mayo de 1987 en el corazón de Santo Domingo, se convirtió en una de las mejores atacantes exteriores de la historia y en el alma guerrera de las míticas “Reinas del Caribe”.

Sin embargo, detrás del salto de 1.88 metros que paralizaba a los bloqueos rivales en tres Juegos Olímpicos (Londres 2012, Tokio 2020 y París 2024), de las coronas internacionales en Rusia, Turquía, Japón y Corea del Sur, e incluso detrás de la mujer que revolucionó el voleibol al demostrar que ser madre de su amado Fer Isaías jamás fue un freno sino el motor de su vida, existía un capítulo humano que el público pocas veces logra divisar.

Recientemente, despojada del uniforme de competencia y con la serenidad que otorga la sabiduría de quien conquistó el mundo, Bethania se plantó frente a un grupo de jóvenes atletas. No fue a enseñarles a rematar o bloquear; fue a entregarles el saque más valioso de toda su carrera: un manifiesto desarmante, conmovedor y poderoso sobre la salud mental, el miedo, la presión y el valor inestimable de la vida.

Del complejo de la estatura al templo del voleibol

La historia de Bethania no empezó con luces ni ovaciones. Comenzó a los 15 años, con la timidez de una adolescente que se encorvaba para disimular su estatura y a quien el destino empujó a una cancha bajo el sol caribeño. En sus propias palabras, la jugadora histórica recordó cómo aquella joven no tenía forma de presagiar la magnitud de la leyenda que estaba por construir:

“Yo sé que todas vinieron aquí para aprender y disfrutar del voleibol. Pero ahora, yo quiero que olvidemos un poco el balón y conversemos de algo que muchas veces nadie nos enseña. ¿Quién de ustedes ha llorado por culpa del voleibol? Porque quizás perdieron un partido, porque no las pusieron a jugar, porque el entrenador las corrigió, porque pensaron que no eran lo suficientemente buenas. Yo estuve ahí, así que también ahora estoy en el lugar correcto. Porque hoy yo no vine a enseñarles a atacar mejor, a sacar mejor, a bloquear. Para eso ustedes tienen excelentes entrenadores.”

“Cuando ustedes escuchan mi nombre, yo sé que ustedes seguro piensan en una atleta olímpica, en una atleta de la Selección Nacional Dominicana. Esa no fue la Betania con que comenzó esta historia. Yo era una niña muy tímida, me daba mucha vergüenza hablar, tenía muchos complejos por mi estatura. Yo ni siquiera escogí jugar voleibol. Si alguien me hubiera dicho ese primer día que yo entré a la cancha, Betania, algún día vas a jugar tres Juegos Olímpicos, estoy casi segura que me habría reído. Y no porque no me gustara soñar, sino porque ese sueño para mí era muy grande para la joven que yo era.”

“Nunca me imaginé que este deporte me permitiría representar a mi país durante más de 20 años, recorrer el mundo haciendo lo que amaba, jugar tres Juegos Olímpicos, ser campeona en diferentes ligas. Yo no les cuento esto para que ustedes salgan de aquí. ¡Guau! Qué grande fue Betania o cuántos logros tuvo. Les cuento esto para que entiendan que ninguno de esos logros comenzó con una medalla. Todo comenzó en una cancha simple y ni siquiera una cancha bonita como esta. Empezó al aire libre, bajo el sol, con una joven llena de sueños, pero también llena de muchísimas dudas. Lo único que yo sí hacía era dar un paso a la vez. Y con cada entrenamiento, cada partido, con cada aprendizaje, iba creyendo un poquito más en mí. Yo les pregunto, si esa joven pudo construir una carrera que jamás imaginó, ¿por qué ustedes no podrían construir la suya?”

Entrenar la mente: El mapa para navegar la frustración y el miedo

En un ecosistema deportivo donde a menudo se exige perfección física a costa de la estabilidad emocional, Bethania puso sobre la mesa la asignatura pendiente de las academias deportivas: la gestión de las emociones, la ansiedad y los complejos.

“Cuando yo tenía la edad de ustedes, todos me decían, ataca, bloquea, esfuérzate más. Nadie me explicó cómo manejar el miedo, las frustraciones, las críticas, derrotas, dudas y muchísimo menos la presión, que fue lo que más tuve que lidiar durante toda mi carrera. Nadie me dijo que además de entrenar mi cuerpo, tenía que entrenar mi mente. Por eso hoy quiero compartir con ustedes algunas de las cosas que nadie me explicó cuando tenía la edad de ustedes.”

“Tener miedo no significa que no puedas. Los entrenadores no me corregían porque yo fuera mala. Me corregían porque veían que yo podía ser mucho mejor. El miedo nunca desaparece. Antes de jugar una final, sentía nervios. Antes de jugar unos Juegos Olímpicos, también sentía nervios. Ahora mismo estoy nerviosa, pero lo estoy haciendo. La diferencia es que aprendí a jugar aunque tuviera miedo. El valor no está en no sentir miedo, sino en avanzar aunque el miedo esté ahí.”

“Recuerdo que había momentos tan fuertes en los entrenamientos que llegué a llorar. Cuando tocaba correr, muchas veces sentía que no podía más. Yo digo que mi mayor crecimiento no fue aprender a atacar mejor. Fue aprender a resistir, a disciplinarme, a escuchar, a corregir. Porque créanme, llegar es difícil, pero mantenerse muchas veces es todavía más difícil.”

La preparación supera a la presión: Los 11 saques legendarios contra Holanda

Para ilustrar cómo se domina el monstruo de la expectativa colectiva —esa que pesa sobre los hombros cuando no solo se juega por un club, sino por el orgullo de 11 millones de dominicanos—, la excapitana rememoró uno de los episodios más épicos de la historia del voleibol dominicano: la remontada histórica ante Holanda en 2019.

“La presión también forma parte del camino. Mientras más crecía como atleta, más crecía también la presión. Cuando era joven, la única presión que tenía era jugar bien. Pero luego llegué a la selección y con ella llegó una presión diferente. Ya no jugaba solamente por mí, jugaba por un país, por mi bandera, por mi familia. Y mientras mejor jugaba, todavía la gente esperaba más de mí. Pero con el tiempo yo pude entender que no podía controlar lo que la gente esperaba de mí. Pero sí podía controlar mi preparación.”

“En el 2019 jugábamos contra Holanda y estábamos perdiendo 2-0. Logramos llegar a 5-0 y me tocó iniciar sacando. Terminé haciendo 11 saques consecutivos. Ganamos el partido y el juego terminó 15-4. Cuando la gente ve ese video, me dice que yo estaba muy tranquila, que me veía muy relajada. Pero les voy a decir un secreto. Sí sentía presión, muchísima. La diferencia es que estaba preparada.”

“Durante años, al terminar los entrenamientos, muchas veces me quedaba haciendo unos minutos más de saque. Y no solamente sacaba por sacar. Me imaginaba escenarios reales, como que el juego estuviese 23-23, como que el próximo saque definiría el CEP. Entrenaba mi cuerpo, pero también entrenaba mi mente. Por eso cuando llegó ese momento, ya mi cuerpo había vivido esa situación cientos de veces. ¿Qué pasó con la presión? No desapareció. Pero mi preparación fue más fuerte que la presión.”

Lo verdaderamente eterno: Las memorias sobre el cemento

Con la autoridad que brinda haber cerrado su ciclo olímpico por todo lo alto en París 2024 y con la plenitud de ver a su hijo Fer Isaías crecer bajo el cobijo de su esfuerzo, Bethania concluyó su cátedra recordando que el mayor premio del deporte no se guarda en una vitrina de cristales, sino en la memoria del corazón.

“Disfruten del camino. Muchas veces dejamos pasar cosas muy bonitas porque estamos demasiado concentrados en el próximo sueño. Hoy, cuando yo pienso en mi carrera y miro atrás, claro que agradezco las medallas. Por supuesto que agradezco los campeonatos. ¿Saben qué es lo primero que llega a mi mente? Las amistades que este deporte me regaló. Las risas durante los viajes. Las conversaciones después de los partidos, tanto cuando ganábamos como cuando perdíamos. Los momentos en que apenas estábamos conversando o soñando, cuando estábamos aprendiendo y soñaba algún día.”

“Las experiencias que viví. Y sobre todo las personas que creyeron en mí, cuando todavía yo no creía completamente en mí misma. Nunca subestimen el valor de las personas que Dios pone en su camino. Y es curioso porque creemos que en muchos casos lo más importante son las medallas, los trofeos. Y claro que tienen un valor enorme. Pero con el paso de los años descubres que esos pequeños momentos, estos que estamos viviendo ahora mismo, son lo que en su momento parecían normales, terminaron convirtiéndose en los recuerdos más valiosos de toda una carrera.”

“Yo quiero que hoy, cuando ustedes salgan de aquí y vuelvan a la cancha otra vez, quiero que por un momento miren a su alrededor. A sus compañeras, a sus entrenadores, esta cancha donde entrenan. Y seguro que a ustedes les va a parecer que es un entrenamiento más. Algún día ustedes van a mirar atrás y van a descubrir que ahí, exactamente ahí, comenzó una historia que todavía ustedes no se podían imaginar. Y deseo que cuando ese día llegue puedan mirar atrás y decir, valió la pena no rendirme. Muchas gracias.”

El legado de Bethania de la Cruz sobre el tabloncillo está grabado en oro, pero su legado humano trasciende las fronteras de la cancha. En un mundo acelerado y exigente, su voz se levanta como un faro para cualquier joven deportista que ha llorado en silencio: el miedo no se destruye, se abraza; la presión no se esquiva, se supera con preparación; y, al final del día, la victoria más grande siempre será mirar atrás y constatar que valió la pena no rendirse.