El voleibol femenino de la República Dominicana se encuentra atravesando uno de los pasajes más grises y desconcertantes de su historia reciente en la arena internacional. Es“lastimosa y deplorable” la andadura actual de las Reinas del Caribe dentro de la prestigiosa Liga de Naciones. La realidad de la tabla de posiciones es fría y no admite sazones ni paños tibios: el conjunto nacional arrastra una alarmante cadena de cinco derrotas consecutivas.

La oficina de estadísticas refleja un balance que estremece la fisonomía competitiva de una selección que históricamente ostenta la condición de ser marca país. En lo que va de campaña, las criollas han cedido terreno de forma sucesiva ante los combinados de Turquía (3-2), Brasil (3-1), Bulgaria (3-0), Países Bajos (3-0) y los Estados Unidos (3-0). De los 15 sets disputados en la duela internacional, las dirigidas por Marcos Kwiek apenas han podido rasguñar tres mangas a su favor, marchándose con las manos vacías y las pizarras en blanco en sus últimas tres presentaciones de manera consecutiva.

Las excusas se agotan en el tablero de élite

Si bien es cierto que el calendario ha emparejado a la escuadra dominicana contra las máximas potencias del escalafón mundial (con la única excepción de Bulgaria, que se ubica en el puesto 26 del ranking de la FIVB), el nivel de inestabilidad y parálisis ofensiva mostrado en la cancha resulta insostenible para un equipo que marcha en el puesto 11 del mundo. En zafras anteriores, las Reinas se tuteaban sin complejos ante estos mismos colosos, vendiendo caros los sets y compitiendo al límite de las revoluciones.

El argumento recurrente que se suele poner sobre la mesa desde los despachos directivos se ampara en el eterno proceso de recambio generacional y la inserción de nuevas piezas en la rotación. No obstante, la gravedad de este bache utilitario debe obligar a una profunda y veloz autorreflexión por parte de los manejadores del Proyecto Nacional de Voleibol Femenino y sus patrocinadores. El cliché de la renovación ya no es un colchón suficiente para amortiguar el impacto de actuaciones tan desalentadoras en competencias de primer nivel.

Las Reinas del Caribe nos han acostumbrado a  la excelencia, pero el declive actual es una advertencia tajante que no se puede ignorar. Toca ajustar las tuercas en las oficinas de entrenamiento, revisar la pizarra táctica y reconfigurar la medular del equipo con urgencia si no queremos ver cómo se desvanece el respeto internacional que tanto sudor costó indexar en la historia del deporte dominicano.