No es Glastonbury ni un rave escondido en el campo inglés. Es Wimbledon, el templo del tenis. Y sin embargo, frente a sus impecables jardines y a metros de la famosa Cancha Central, una escena curiosa se repite cada noche: cientos —a veces miles— de personas acampan a la intemperie, con mantas, termos y bolsas de picnic, por la oportunidad de conseguir una entrada para ver en acción a leyendas como Carlos Alcaraz.
Esta tradición tiene nombre propio: The Queue. Es una cola, sí. Pero también es una comunidad, una fiesta espontánea, una declaración de amor al tenis… y una lección de paciencia.
Acampar por una entrada: locura o devoción
Desde la medianoche anterior, el parque frente al All England Club se transforma en un campamento ordenado. ¿El objetivo? Ser uno de los primeros en acceder a las 500 entradas diarias para las canchas principales o a los ground passes, que permiten pasear por el predio y ver acción en las canchas exteriores.
Los precios varían según la suerte y el puesto en la fila: desde los 400 euros para un asiento en la Cancha Central hasta 30 euros por un acceso general. Pero, más allá del valor económico, la mayoría no lo hace por la entrada: lo hace por la experiencia. “Esto es un festival. Vine con el primer metro y estoy aquí desde las seis de la mañana. Si no consigo entrada, igual disfruto todo esto”, comenta Katie Williams, veterana de ocho ediciones.
Picnic, vino blanco y una mística británica
Katie no está sola. Junto a su amiga Lydia y unas chicas desconocidas que conoció en la fila, ya descorcharon una botella de vino blanco a media mañana. Hay termos con café, sándwiches, patatas de bolsa y sonrisas compartidas. Aquí no hay prisa, pero sí una estructura clara.
El sistema podría modernizarse con una fila virtual, como en muchos torneos, pero ¿quién querría eso? The Queue es Wimbledon en estado puro: tan ceremonial como el protocolo real, tan apasionado como un quinto set en la Cancha 1.
El otro lado del lujo: asientos vacíos y 92.000 euros por un abono
Mientras en The Queue se vive un fervor popular, dentro del predio algunas butacas brillan por su ausencia. ¿El motivo? Los abonados más pudientes prefieren el Village con sombra y prosecco antes que sentarse al sol. Algunos de ellos han pagado hasta 92.000 euros por una debenture doble para cinco años, lo que les da derecho a ingresar, aunque no los obliga a asistir.
En contrapartida, los más comprometidos suelen ser aquellos que participaron del sorteo público en febrero o quienes apostaron por acampar y conseguir entradas del día. También están los que se apuntan a la reventa oficial del club, donde un asiento liberado puede costar apenas 17,50 euros, aunque solo resten un par de juegos por disputarse.
Normas estrictas, tradición viva
La cola no es anarquía. Está reglamentada con firmeza británica por un grupo de ‘stewards’, como James Mendelssohn, encargado de garantizar el orden. “Los ingleses tenemos fama de amar hacer colas, y esto lo demuestra”, dice con una sonrisa.
Cada persona tiene un número, una pulsera y media hora permitida para ir al baño o buscar comida. A las seis de la mañana, los campistas deben desmontar sus tiendas, dejar sus cosas en el guardarropa y formar la fila de pie. Todo con precisión casi militar. “La cola forma parte de Wimbledon, de la emoción, de la comunidad. Es parte de la magia”, afirma Mendelssohn.
El ritual que resiste al tiempo y a la tecnología
En plena era digital, Wimbledon mantiene viva esta tradición analógica. En su sitio oficial celebran ser “uno de los pocos eventos deportivos donde se pueden comprar entradas premium el mismo día”. Una frase que parece sencilla, pero cuyo precio es una noche sin dormir, una larga caminata hasta el baño y una espera que no se mide en minutos, sino en entusiasmo.
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